Poder, legitimidad y sentido
Hay una idea atribuida a Tucídides (Atenas, c.460 A.C.) que reaparece con una persistencia incómoda cada vez que los órdenes sociales se tensan: Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. El derecho interviene sólo cuando se parte de una igualdad de fuerzas. No es una proclama moral ni una justificación del abuso, es una descripción cruda de lo que ocurre cuando el poder opera sin contrapesos efectivos y sin un marco normativo e institucional compartido que lo limite. Dentro de las fronteras (de las organizaciones), y entre las fronteras…
Leída en profundidad, la frase no habla solo de fuerza, sino de la ausencia de una estructura balanceada. Donde no hay reglas legítimas, ni acuerdos creíbles, ni límites aceptados, el poder se ejerce hasta donde alcanza y la debilidad se convierte en destino. No porque sea justo, sino porque no hay nada que lo impida.
Sin embargo, esa descripción —aunque empíricamente frecuente— no agota el esquema. Entre la imposición absoluta del poder y la sumisión total del débil suele emerger un punto intermedio: un equilibrio social de hecho, ubicado ahí donde las condiciones impuestas resultan todavía tolerables para quienes las padecen. Mientras el costo de resistir sea mayor que el de obedecer, el sistema se mantiene.
Ese equilibrio, sin embargo, es frágil por definición. No se sostiene por integración, sino por contención. No es un pacto, es una tregua. Y las treguas no colapsan gradualmente: se rompen.
Aquí aparece una distinción crucial para comprender tanto las sociedades como las organizaciones: tolerancia no es consentimiento, y mucho menos legitimidad. La tolerancia es cálculo, la legitimidad es reconocimiento.
La legitimidad como fenómeno cultural
Si uno observa con atención los sistemas sociales que logran estabilidad relativa en el tiempo, encuentra un patrón recurrente: no son aquellos donde el poder es más fuerte, sino aquellos donde el ejercicio del poder resulta comprensible, previsible y, en algún punto, justificable para quienes lo experimentan.
Eso es legitimidad.
La legitimidad no es una propiedad jurídica ni un atributo formal del poder. Es un fenómeno cultural, intersubjetivo, construido en el plano del sentido compartido. Surge cuando los actores de un sistema —aunque ocupen posiciones asimétricas— perciben que el orden vigente:
- tiene una razón de ser,
- distribuye costos y beneficios de manera mínimamente inteligible,
- ofrece algún horizonte de reciprocidad, reconocimiento o pertenencia,
- y mantiene una coherencia básica entre lo que promete y lo que produce.
En ese sentido, la legitimidad es inseparable del relato de propósito y significado. Toda organización, todo sistema social, toda forma de poder se narra a sí misma: explica para qué existe, qué problema resuelve, qué sacrificios exige y por qué esos sacrificios “valen la pena”.
Ahora bien, que la legitimidad opere en el plano cultural no implica que sea arbitraria ni infinitamente maleable. El relato puede estirar la paciencia, ordenar el sacrificio y dar sentido al esfuerzo. Pero no puede sustituir indefinidamente la experiencia vivida. Cuando el discurso y la práctica se desacoplan de forma persistente, el relato no solo deja de legitimar: se invierte y pasa a ser leído como manipulación.
Por eso, más que “gestionable”, la legitimidad es cultivable. No se impone: se produce a partir de la coherencia dinámica entre discurso, prácticas y contexto cultural.
El giro contemporáneo: fragmentación narrativa e inestabilidad estructural
Este marco —ya de por sí exigente— se vuelve mucho más complejo en la era de las redes sociales y la fragmentación comunicativa.
Durante gran parte del siglo XX (¿de la historia misma, quizás?), los sistemas sociales y organizacionales operaron bajo arquitecturas narrativas concentradas. Estados, grandes medios, sistemas religiosos, educativos e instituciones jerárquicas producían relatos relativamente coherentes, lentos de cambiar y con alto poder de normalización. La legitimidad se construía en ciclos largos y se erosionaba lentamente.
Ese mundo ya no existe.
Hoy, el relato de sentido y propósito es un objeto permanentemente expuesto al discurso público, a la reinterpretación constante y a la competencia de múltiples narrativas simultáneas. Las redes sociales no solo democratizan la emisión: fragmentan el espacio simbólico, aceleran el juicio social y “emocionalizan” la evaluación del sentido.
El resultado es una inestabilidad estructural inédita:
- no hay un relato dominante, sino micro-relatos en tensión,
- el sistema puede seguir funcionando operativamente mientras está simbólicamente roto,
- pequeños eventos pueden producir shocks narrativos desproporcionados,
- la legitimidad fluctúa con ciclos de indignación, miedo o pertenencia.
En este contexto, muchos sistemas ya no colapsan primariamente por fallas materiales, sino por fallas de sentido: quiebres de confianza, saturación simbólica, desalineación entre promesa y experiencia.
La estabilidad deja de ser un estado y pasa a ser un trabajo permanente de coherencia.
El error ingenuo: confundir fragmentación con debilitamiento del poder
Hasta aquí, podría parecer que la fragmentación comunicativa introduce un límite estructural al poder. Pero esa conclusión sería incompleta, cuando no ingenua.
El poder contemporáneo no solo sobrevive a la fragmentación narrativa: aprende a gobernarla.
El error habitual consiste en confundir multiplicidad de voces con distribución efectiva del poder narrativo. No son lo mismo. Hoy, el poder no necesita monopolizar el relato. Le basta con orquestar el ruido:
- controlar visibilidad y amplificación (algoritmos),
- fomentar narrativas en conflicto,
- erosionar criterios compartidos de verdad,
- desplazar el eje desde la coherencia hacia la identidad emocional.
No se gobierna el sentido profundo. Se gobierna la atención.
En este régimen, la legitimidad deja de ser un capital que construir y pasa a ser un estado transitorio que administrar. No se busca adhesión profunda, sino evitar coordinación alternativa. La fragmentación no debilita al poder, debilita a los sometidos como colectivo cognitivo.
El límite sigue existiendo —pero se desplaza
Reconocer esto no implica caer en fatalismo. Que el poder gestione también el ecosistema narrativo no lo vuelve ilimitado. Simplemente desplaza el lugar donde aparecen sus límites.
El límite ya no es discursivo. Es estructural y operativo.
Los relatos pueden sostener mucho, pero no pueden reemplazar indefinidamente:
- la provisión de bienes básicos,
- la coordinación efectiva de la acción,
- el funcionamiento de las infraestructuras,
- la reproducción material y social del sistema.
Cuando la distancia entre narrativa gestionada y experiencia cotidiana supera cierto umbral, el sistema no colapsa simbólicamente: colapsa en su capacidad de operar. Y allí ningún control narrativo alcanza.
Organizaciones como sistemas vivos
Todo lo anterior cobra una densidad particular cuando se observa desde la perspectiva —no metafórica, sino sistémica— de las organizaciones como sistemas vivos.
Un sistema vivo no se mantiene por control mecánico, sino por:
- flujos de energía, información y confianza,
- equilibrios dinámicos,
- capacidad de adaptación,
- coherencia entre estructura, propósito y entorno.
En ese marco, la legitimidad cumple una función análoga a la de la homeostasis: permite absorber tensiones sin romper. Cuando se degrada, el sistema puede seguir funcionando un tiempo, pero lo hace consumiendo su propio tejido relacional.
Aquí aparece el liderazgo como función crítica.
Gestionar sentido, estructura y relaciones
En este contexto, un liderazgo integrador no debe verse sólo como un estilo personal o un modo de transitar una posición jerárquica, sino como una función orgánica del sistema. Su tarea no debe ser imponer sentido ni administrar relatos, sino articular coherencia entre:
- propósito declarado,
- prácticas reales,
- estructura organizacional,
- y experiencia vivida de las personas.
En un entorno fragmentado, el liderazgo integrador:
- reconoce la pluralidad narrativa sin renunciar a un núcleo de sentido,
- reduce la brecha entre discurso y práctica,
- cuida la trama de conversaciones como activo estratégico,
- entiende que la legitimidad no se posee, se renegocia diariamente,
- y asume que la confianza es el recurso más escaso y más productivo del sistema.
No elimina el conflicto ni la asimetría. Los hace habitables.
Corolario
Los sistemas sociales y organizacionales contemporáneos no se vuelven inestables porque falte control, sino porque el sentido ya no puede ser impuesto sin costo. El poder puede gestionar el ecosistema narrativo casi mejor que nunca, pero al hacerlo suele operar en regímenes de baja legitimidad profunda, alta volatilidad emocional y creciente fragilidad estructural.
En ese contexto, entender a las organizaciones como sistemas vivos no es una metáfora inspiracional: es una necesidad analítica. Y ejercer un liderazgo integrador no es una opción ética deseable, sino una condición de viabilidad.
Porque, al final, ningún liderazgo se sostiene a largo plazo solo por lo que puede imponer. Se sostiene por aquello que logra que otros estén dispuestos —no forzados— a sostener con él.
© 2026 by Juan Xavier Gruss. Licensed under CC BY-NC-ND 4.0.
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Textos elaborados con asistencia de IA a partir de las ideas propuestas por el autor, mediante un proceso iterativo y dialógico de crítica, contrastación, discusión conceptual y redacción.
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