El hambre de sentido, la soberbia de los modelos y la política de las explicaciones

 


Resulta difícil tolerar una realidad que no ofrece sentido inmediato. Desconcierta, angustia y enoja.

Frente a lo inesperado, surge casi de manera automática la necesidad de encontrar una explicación. Frente a la incertidumbre, aparece la urgencia de ordenar, nombrar, encuadrar. No se trata de un rasgo secundario, sino de una disposición profundamente humana. No habitamos la experiencia sólo a través de hechos, sino a través de interpretaciones. La vida social, organizacional y política transcurre sobre marcos de sentido que permiten reducir ambigüedad, estabilizar expectativas y orientar la acción.

Esa necesidad de significar la realidad cumple una función decisiva. Sin algún tipo de estructura interpretativa, actuar sería mucho más difícil. No habría criterios claros para decidir, priorizar o anticipar consecuencias. Pero la misma operación que vuelve el mundo habitable, también puede deformarlo. Un marco que inicialmente sirve para orientarse puede terminar endureciéndose hasta convertirse en una explicación cerrada. Lo que en un comienzo fue una hipótesis útil pasa entonces a presentarse como una verdad incuestionable. Y aparece un problema central: la necesidad humana de sentido puede derivar fácilmente en una necesidad de certeza.

Desde ese punto de vista, las pretensiones de la economía como disciplina, por ejemplo, no deberían analizarse solo como una cuestión técnica. Antes que nada, expresan una respuesta particularmente poderosa a esa demanda de inteligibilidad. La economía moderna, especialmente en sus variantes más formalizadas, ofrece una gramática muy eficaz para hacer legible la complejidad social. Permite ordenar comportamientos, construir secuencias causales, clasificar incentivos, proyectar escenarios y justificar decisiones. Su fuerza no reside solo en la sofisticación de sus instrumentos, sino en que satisface una necesidad más profunda: la de ofrecer una explicación estable allí donde la realidad es conflictiva, cambiante y ambigua. Como la religión.

Eso ayuda a entender por qué su influencia desborda ampliamente el campo económico. La economía no solo interpreta intercambios o recursos. También provee un lenguaje de legitimación. Donde hay conflicto político, disputa organizacional o incertidumbre estratégica, un marco económico puede operar como una forma particularmente eficaz de clausura. Presenta decisiones discutibles como si fueran inevitables. Convierte opciones en necesidades. Traduce relaciones de poder en exigencias técnicas. Y cuanto más logra aparecer como neutral, más autoridad adquiere.

Ese punto merece especial atención. El problema no consiste en que existan marcos explicativos. Ninguna sociedad, ninguna organización y ninguna conducción pueden prescindir de ellos. El problema aparece cuando un marco logra ocultar su propio carácter de interpretación. Es decir, cuando deja de ser visto como una construcción parcial, situada y discutible, y empieza a funcionar como si fuera la realidad misma. En ese momento, ya no solo organiza la comprensión de los hechos: organiza también los límites de lo que puede pensarse, decirse y decidirse.

La climatología trabaja sobre sistemas físicos extraordinariamente complejos. Cuenta con enormes volúmenes de datos, herramientas matemáticas sofisticadas y una infraestructura científica muy desarrollada. Aun así, nadie espera de ella una capacidad de predicción absoluta. Se acepta con naturalidad que sus modelos tienen límites, que existen márgenes de error y que la complejidad del sistema impone restricciones insalvables a cualquier pretensión de control total.

La pregunta entonces resulta inevitable: ¿por qué una disciplina que estudia sistemas sociales —mucho más opacos, más inestables y reflexivos (recursivos y autorreferentes) que los sistemas físicos— pudo consolidar semejante prestigio predictivo, normativo y narrativo? La economía no trabaja con vientos, océanos o masas de aire. Trabaja con personas, instituciones, expectativas, temor, confianza, conflicto, lenguaje y poder. Y esos elementos tienen una particularidad decisiva: cambian en función de cómo son interpretados.

Un fenómeno meteorológico no modifica su trayectoria porque se difundió el pronóstico. Una organización sí puede cambiar su conducta por la interpretación dominante de su situación. Un mercado también. Una comunidad política, del mismo modo. En los sistemas humanos, la teoría no permanece fuera de lo que describe. Entra en la realidad, circula en ella, la altera. Las explicaciones influyen sobre los comportamientos que luego buscan explicar. Por eso toda pretensión de modelización fuerte en ciencias sociales debería partir de una prudencia mucho mayor que la que habitualmente exhibe.

Esto vuelve especialmente problemática la autoridad que ciertos lenguajes económicos adquirieron en el mundo de la gestión. En muchas organizaciones se ha naturalizado la idea de que decidir “en base a datos” equivale a decidir objetivamente. Sin embargo, los datos nunca hablan por sí solos. Siempre están recortados, organizados y jerarquizados desde un marco previo. Toda métrica expresa alguna idea acerca de qué vale la pena observar. Todo tablero selecciona ciertas dimensiones y deja otras en segundo plano. Todo indicador supone una filosofía implícita sobre qué cuenta como desempeño y qué puede considerarse irrelevante.

La dificultad comienza cuando esa mediación desaparece de la conciencia. Entonces la organización cree que está leyendo hechos puros, cuando en realidad está leyendo hechos ya procesados por una determinada estructura de interpretación. Lo que se presenta como neutral muchas veces no es más que un criterio sedimentado. Lo que se presenta como evidencia concluyente puede ser, en verdad, el resultado de una mirada parcial que ya definió de antemano qué debía ser visto y qué podía quedar afuera.

Allí se juega una cuestión política de primer orden. La política no actúa solamente en la confrontación abierta por recursos, cargos o intereses. También actúa en la producción de marcos legítimos –más bien, legitimados- de interpretación. Decide qué lenguajes tienen prestigio, qué explicaciones merecen autoridad y qué formas de nombrar la realidad quedan excluidas como poco serias, subjetivas o imprecisas. Cuando un determinado marco logra establecerse como incuestionable, ya no solo orienta decisiones: fija el perímetro de lo pensable.

Por eso el uso de explicaciones aparentemente indiscutidas constituye una de las formas más eficaces de ejercicio del poder. No hace falta imponer por la fuerza aquello que puede naturalizarse como evidencia técnica. No hace falta disputar fines si se logra presentar ciertos medios como inevitables. Una conducción, un gobierno o una élite ganan mucho cuando consiguen que sus decisiones aparezcan no como decisiones, sino como conclusiones obligadas de un análisis objetivo.

En el plano organizacional, esto tiene consecuencias profundas. Una organización no es simplemente una estructura que ejecuta procesos. Es un sistema vivo de interpretación, coordinación y aprendizaje. Funciona no solo por reglas, incentivos o procedimientos, sino también por la calidad de sus conversaciones, por la legitimidad de sus marcos de lectura, por su capacidad para procesar información incómoda y por la manera en que construye sentido compartido.

Cuando una organización queda capturada por un único lenguaje explicativo, pierde espesor. Puede seguir siendo eficiente en ciertos planos, pero se vuelve más torpe para entenderse a sí misma. Puede medir resultados y no advertir tensiones. Puede registrar productividad y no ver desgaste. Puede seguir indicadores de desempeño sin percibir erosión de confianza, deterioro conversacional o pérdida de legitimidad. Puede, en definitiva, aumentar su prolijidad sin aumentar su inteligencia.

Ese riesgo se vuelve mayor cuando el lenguaje dominante traduce toda la realidad organizacional a términos de incentivos, cálculo y optimización. Ese registro puede ser útil para ciertos problemas, pero se vuelve empobrecedor cuando pretende convertirse en lengua universal. No todo comportamiento humano responde linealmente a incentivos. No toda cooperación es alineamiento. No todo conflicto es ineficiencia. No todo valor puede expresarse en una métrica sin pérdida. Reducir la vida organizacional a ese plano supone confundir un instrumento analítico con una teoría completa de lo humano.

Lo que está en juego, entonces, no es una disputa entre datos y opiniones, ni entre técnica y subjetividad. Lo que está en juego es la calidad de la mediación interpretativa con la que una organización lee su realidad. La cuestión no es eliminar modelos, sino impedir que se conviertan en dogmas. No se trata de renunciar a la medición, sino de recordar que medir siempre implica recortar. No se trata de debilitar el análisis, sino de volverlo más consciente de sus supuestos y de sus límites.

Desde allí también cambia la idea de liderazgo. Liderar no consiste en imponer una explicación definitiva, sino en crear las condiciones para que las explicaciones puedan ser puestas a prueba. No consiste en clausurar incertidumbre, sino en fortalecer la capacidad colectiva para habitarla sin desorganización. No consiste en esconder la política detrás de la técnica, sino en hacer visible el modo en que toda técnica relevante está atravesada por decisiones previas sobre qué importa, qué se valora y qué se deja fuera del campo de atención.

Un liderazgo maduro no rechaza los modelos, pero tampoco les concede autoridad absoluta. Los utiliza, los contrasta, los tensiona y les exige una explicitación de sus costos invisibles. Pregunta no solo qué muestran, sino también qué omiten. No se conforma con saber si un indicador mejora, necesita entender qué realidad deja fuera ese indicador. No acepta que una decisión se justifique únicamente por su apariencia técnica, examina también la antropología implícita, la estructura de poder y la filosofía organizacional que esa decisión transporta.

Eso exige una forma de rigor menos arrogante y más exigente. Rigor no es reducir lo real a lo que puede cuantificarse con facilidad. Rigor es no mentirse acerca de la complejidad de lo real. Es distinguir entre dato, información, interpretación y decisión. Es reconocer que toda lectura de la realidad está mediada por un marco, y que ese marco no solo organiza la comprensión, sino también la acción.

La comparación “arbitraria” entre climatología y economía permite, en ese sentido, extraer una lección más amplia. Cuanto más compleja, reflexiva y autorreferente es la realidad que se intenta comprender, menos justificable resulta la soberbia explicativa. En sistemas humanos, la necesidad de sentido es inevitable, pero precisamente por eso debe ser tratada con cautela. El impulso por explicar puede convertirse en una voluntad de cierre. La búsqueda de inteligibilidad puede transformarse en intolerancia a la ambigüedad. Y donde una interpretación se vuelve indiscutible, el aprendizaje empieza a deteriorarse.

Las organizaciones no necesitan menos interpretación. Necesitan interpretación más consciente. No necesitan menos marcos. Necesitan marcos capaces de reconocer su parcialidad. No necesitan eliminar la política, porque eso es imposible. Necesitan impedir que la política opere disfrazada de necesidad técnica. Y no necesitan abandonar los instrumentos de la economía, sino reubicarlos dentro de un repertorio más amplio de lectura, donde también tengan lugar la conversación, la confianza, la legitimidad, el conflicto y el aprendizaje.

En última instancia, quien controla el marco de interpretación controla una parte decisiva de la realidad organizacional. Define qué será visible, qué contará como evidencia, qué daños serán reconocidos, qué éxitos serán celebrados y qué costos se considerarán aceptables. Por eso una de las responsabilidades centrales de toda conducción consiste en no entregar su capacidad de juicio a lenguajes que prometen claridad al precio de simplificar en exceso lo humano.

La necesidad de significar la realidad no desaparecerá. Tampoco desaparecerá la tentación de convertir esa necesidad en sistemas cerrados de explicación. La tarea más seria no consiste en abolir los modelos, sino en impedir que se vuelvan fetiches. No consiste en renunciar a la teoría, sino en devolverle su carácter parcial, revisable y situado. Y no consiste en elegir entre comprensión y acción, sino en construir formas de comprensión que no empobrezcan la acción al volverla ciega a su propia complejidad.

Cuando eso no ocurre, una organización puede seguir funcionando. Incluso puede hacerlo con eficiencia. Pero comienza, silenciosamente, a perder capacidad de aprendizaje. Y una organización que aprende menos, aunque controle más, se vuelve tarde o temprano más frágil.

Este enfoque mejora la calidad de los diagnósticos estratégicos porque obliga a revisar no solo la evidencia disponible, sino también el marco desde el cual esa evidencia está siendo interpretada. Fortalece decisiones sobre diseño organizacional, incentivos, indicadores, evaluación de desempeño y planificación, al evitar que una sola sintaxis explicativa monopolice la lectura de la realidad.

A su vez, reduce el riesgo de dogmatismo tecnocrático, de captura política mediante marcos aparentemente neutrales, de sobre confianza en modelos predictivos débiles y de ceguera frente a dimensiones no fácilmente cuantificables como legitimidad, confianza, desgaste relacional o deterioro de la conversación.

Aclara también que una parte importante de la incertidumbre no deriva de falta de datos, sino del hecho de que todo dato requiere interpretación. Y ayuda a comprender que, en sistemas sociales, la predicción está estructuralmente limitada por la reflexividad: los actores modifican su conducta cuando cambian los marcos con los que leen la situación.

Conviene institucionalizar espacios en los que no solo se analicen resultados, sino también los supuestos con que esos resultados están siendo leídos. Conviene complementar las métricas tradicionales con dispositivos que permitan relevar confianza, legitimidad y calidad conversacional. Y conviene formar a la conducción para detectar cuándo un lenguaje técnico está ayudando a comprender mejor y cuándo está siendo usado para clausurar la discusión.


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