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Mostrando entradas de diciembre, 2025

¿Cómo conocemos... lo que decimos que conocemos en la organización?

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  Una organización podría ser consciente de los sesgos cognitivos de sus decisores —exceso de confianza, sesgo de confirmación, ilusión de control— y, sin embargo, seguir tomando malas decisiones. No por falta de inteligencia, ni de datos, ni de profesionalismo. Sino por algo más profundo, estructural y menos visible: sus límites epistemológicos no interrogados . En otras palabras: puede haber humildad cognitiva y, aun así, ceguera epistemológica . Qué difícil suena… En fácil, epistemología es preguntarnos, ¿por qué creemos que las cosas son como son? Y se trata de una pregunta con enorme impacto en la gestión. Humildad cognitiva: condición necesaria, pero no suficiente En los últimos años, el management ha tendido a incorporar —con desigual profundidad— la noción de sesgos cognitivos. Una conciencia de que no somos seres fundamentalmente racionales —contrariamente a lo que se sigue declamando en muchos ámbitos—, y de que las decisiones están condicionadas en general por “trampas...

Liderar personas… ¿y algo más?

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Liderar no consiste primariamente en ejercer autoridad ni en optimizar procesos, sino en crear y regenerar la trama de conversaciones, relaciones y confianza que sostiene a una organización. Desde esta perspectiva, el valor no emerge de estructuras rígidas ni de decisiones aisladas, sino de un ecosistema relacional que habilita —o bloquea— que cada integrante despliegue su potencial en favor de un propósito compartido. El liderazgo, entonces, no “produce resultados” de forma directa: crea las condiciones para que el valor pueda emerger colectivamente . Este enfoque exige un liderazgo integrador , capaz de articular distintos roles según el contexto: inspirar visión y propósito, transformar realidades, estructurar procesos, analizar con lucidez, y —cuando es necesario— ponerse al servicio del equipo para reparar vínculos dañados o reconstruir confianza. Un liderazgo que asume, sin romanticismo, que las organizaciones están compuestas por personas reales, con emociones, sesgos cognitivos...

Liderar debe ser una decisión, no un destino innato

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Liderar no puede reducirse al ejercicio emergente de un estilo innato, fruto de una genética del carácter y la forja de la mera experiencia acontecida: ser un líder de tal o cual “estilo” —revelado por la exploración de un perfil dado, mediante mediciones de la psicología experimental, u otra mecánica. Liderar debe ser un acto de la voluntad, un acto de gestión, una construcción ajustada a la necesidad de una organización y de su propósito. Liderar es —o debiera ser— el resultado de una decisión y un trabajo personal formativo y transformativo, de largo aliento y permanente. Las organizaciones no fallan únicamente por falta de talento, estrategia o recursos. Pueden, sin duda, fallar cuando el liderazgo se vuelve monocorde. Cuando se insiste en un único modo de conducir —inspirar, controlar, analizar, acompañar— como si uno de esos verbos fuera suficiente para sostener sistemas complejos que viven, crecen, se tensan y se deterioran como cualquier organismo. El liderazgo que prevalece no...