Actitud mata aptitud


En los procesos de contratación, la evidencia suele converger en un principio que se repite casi como una regla empírica: la actitud supera a la aptitud.

La afirmación no implica, desde luego, que cualquier persona pueda desempeñar cualquier función únicamente desde la buena voluntad. Pero la formación técnica se adquiere, el carácter, en cambio, constituye un sustrato rígido, difícil de modificar y decisivo en la vida de los equipos.

La toxicidad no es un problema menor: es un problema estructural

Pocas fuerzas degradan tanto a una organización como la toxicidad interpersonal.

Hay individuos —a veces sin intención, otras con plena conciencia— capaces de erosionar la confianza entre los miembros del equipo y contaminar la percepción de lo que es posible construir en común.

Y la confianza es uno de los activos más valiosos y frágiles en cualquier proyecto humano. Cuando se fisura, se resiente todo el entramado. Cuando se pierde, arrastra consigo incluso diseños y planes técnicamente impecables.

Qué se entiende, concretamente, por “actitud positiva”

El concepto no remite a optimismos superficiales ni a consignas motivacionales. Se refiere a un conjunto de rasgos observables que sostienen el funcionamiento sano de un equipo:

  • Capacidad de escucha genuina.
  • Humildad intelectual para aprender, revisar supuestos y aceptar límites.
  • Inteligencia emocional.
  • Gestión activa del propio ego.
  • Empatía y sensibilidad interpersonal.
  • Autocontrol emocional ante la presión.
  • Apertura para cambiar de opinión cuando la evidencia lo exige.
  • Tolerancia a la incertidumbre.
  • Disposición a colaborar.
  • Confianza realista en la propia capacidad de resolver problemas.

Estos atributos funcionan como una infraestructura invisible: habilitan —o dificultan— el despliegue de cualquier competencia técnica.

Equipos sanos hacen posible lo difícil

En contextos donde prevalece una actitud positiva, los desafíos se transforman en oportunidades reales. Las habilidades pueden entrenarse, el conocimiento puede aprenderse y los procesos pueden ajustarse: la plasticidad técnica es considerable cuando el tejido humano es sano.

Lo inverso también ocurre. Equipos que albergan incluso a pocos individuos con actitudes pobres o dañinas pueden degradar proyectos valiosos, paralizar iniciativas y erosionar silenciosamente la calidad de productos y servicios. En la práctica, un mal carácter o una mala disposición suelen tener más poder destructivo que una falta de conocimientos.

Las organizaciones no se construyen sobre talentos extraordinarios, sino sobre actitudes que hacen posible la confianza.

© 2025 by Juan Xavier Gruss. Licensed under CC BY-NC-ND 4.0.

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