Un peligroso enemigo invisible en las decisiones de gestión


Hay fuerzas que determinan el destino de las organizaciones sin que sus líderes sean plenamente conscientes de su existencia y su poder. No son fluctuaciones del mercado, ni regulaciones, y ciertamente no es la competencia. Viven en la mente de quienes toman decisiones —invisibles y persistentes, moldean la forma en que percibimos la realidad y cómo navegamos la vida.

Se trata de los sesgos cognitivos: patrones sistémicos de pensamiento que, aunque son en su origen útiles para la propia supervivencia, en el mundo empresarial —organizacional— pueden convertirse en una amenaza silenciosa y siempre presente.

La mente no es neutral: es una criatura dinámica cuando se trata de elecciones reales.

Históricamente, la gestión empresarial se basó en una suposición tácita: que las decisiones —estratégicas u otras— son el producto de un análisis razonable, datos imparciales y pensamiento lógico. No obstante, la psicología cognitiva ha demostrado que el cerebro humano no es un procesador neutral de información. Por el contrario, opera generalmente con atajos mentales —heurísticas— que reducen la complejidad del mundo. Esta economía cognitiva nos permite actuar rápidamente, pero necesariamente conduce a distorsiones sistemáticas de nuestros juicios.

Estos sesgos son inevitables. No son errores aislados. Son procesos profundamente arraigados que pueden afectar tanto a la persona más experimentada como al equipo más inteligente. Y en las PYMES —donde las decisiones estratégicas pueden concentrarse entre unos pocos en la cima y la estructura jerárquica es más vertical— su impacto es particularmente intenso. La cercanía personal, la intuición empresarial y la inmediatez en la toma de decisiones pueden ser una fortaleza, pero también un caldo de cultivo para que se unan sesgos más arraigados, formando sesgos sistémicos.

La investigación de los sesgos cognitivos se consolidó con los trabajos innovadores de Daniel Kahneman y Amos Tversky, quienes revelaron cómo "los atajos mentales distorsionan el juicio humano" (Kahneman & Tversky) y expandieron la idea de "racionalidad limitada" de Herbert Simon. Sus conceptos fueron luego ampliados y puestos en práctica en economía y política pública por Richard Thaler y Cass Sunstein, mientras que Gerd Gigerenzer ofreció una perspectiva diferente sobre las heurísticas adaptativas. Académicos como Dan Ariely, Paul Slovic y Philip Tetlock estudiaron aplicaciones más prácticas, mientras que pensadores como Annie Duke introdujeron esas ideas en el ámbito de la estrategia y la toma de decisiones empresariales.

Cuando los sesgos toman la decisión por nosotros: Los ejemplos del mundo real y las lecciones para cada organización (independientemente de su tamaño)

Las grandes empresas enseñan lecciones elocuentes sobre cómo los sesgos pueden cambiar el destino de una organización. Kodak, una empresa líder mundial en fotografía durante décadas, no comprendió las posibilidades de la tecnología digital, incluso cuando había sido desarrollada por ingenieros de Kodak. Sus ejecutivos subestimaron el ritmo del cambio tecnológico debido al sesgo del statu quo, o la tendencia a preferir las cosas existentes. Temieron que su negocio tradicional fuera canibalizado, y tuvieron fe en que el mercado seguiría demandando película fotográfica. La historia demostró otra cosa.

Nokia, por otro lado, fue víctima del exceso de confianza. Después de tomar el control absoluto del mercado global de teléfonos móviles, asumió la posición de autoridad. Esta sobreestimación —otro sesgo común— les impidió ver de frente la revolución que parecía estar gestándose en torno a los teléfonos inteligentes e interfaces táctiles. Y cuando quisieron reaccionar, el ecosistema había cambiado irrevocablemente.

Estos ejemplos pueden parecer lejanos a la realidad de una PyME, pero sus mecanismos mentales son idénticos. En empresas pequeñas, el sesgo de statu quo se manifiesta cuando el dueño o el director rechaza introducir nuevas líneas de producto o digitalizar procesos “porque siempre lo hicimos así y funcionó”. El exceso de confianza aparece cuando se subestima la competencia o se sobreestima la fidelidad de los clientes.

Y el sesgo de confirmación —la tendencia a buscar solo información que refuerce lo que ya creemos— se vuelve particularmente peligroso cuando la estrategia se decide en base a intuiciones no contrastadas o conversaciones internas que repiten la misma visión.

Un ejemplo habitual en PyMEs es el anclaje, otro sesgo bien documentado: ocurre cuando una cifra o dato inicial condiciona nuestras decisiones posteriores, incluso si no tiene fundamento real. Muchas empresas pequeñas, por ejemplo, fijan sus precios tomando como referencia lo que cobraban años atrás, ajustando apenas por inflación, en lugar de recalcularlos en función de valor percibido, competencia o nuevos costos. El resultado puede ser devastador: márgenes erosionados o precios fuera de mercado.

Otro sesgo frecuente en la gestión —y particularmente peligroso en contextos de alta incertidumbre— es el sesgo de disponibilidad. Se manifiesta cuando se sobrevalora la probabilidad o la importancia de ciertos eventos simplemente porque son fáciles de recordar o recientes en la experiencia. Así, una PyME que atravesó una fuerte devaluación puede sobre reaccionar ante cualquier señal económica, diseñando estrategias excesivamente defensivas aun cuando los indicadores no lo justifiquen. Del mismo modo, un éxito comercial reciente puede llevar a sobreestimar la demanda futura. En ambos casos, la memoria pesa más que el análisis, y la percepción sustituye a la evidencia.

También frecuente es la ilusión de control: la creencia de que podemos influir en variables externas más de lo que realmente podemos. Este sesgo se observa en PyMEs que toman decisiones de inversión o expansión confiando en que “el mercado se va a acomodar”, sin un análisis realista de tendencias o sin un plan de contingencia. Esa ilusión, combinada con estructuras de decisión cerradas, puede conducir a apuestas estratégicas que comprometen la estabilidad financiera.

Cómo desactivar el poder de los sesgos: dos antídotos complementarios

Los sesgos cognitivos no pueden eliminarse: forman parte de cómo pensamos. Pero sí pueden neutralizarse o, al menos, reducir su impacto. Y en el contexto de la gestión, hay dos estrategias particularmente eficaces.

La primera es convertir la deliberación en un proceso colectivo, diverso y argumentado. Las decisiones estratégicas no deben surgir únicamente de la intuición del fundador, del director o del gerente más experimentado, sino del contraste deliberado entre diferentes miradas. Incorporar al proceso decisorio a personas con perspectivas complementarias —de áreas distintas, con trayectorias variadas o incluso externas a la organización— amplía el espectro de interpretaciones posibles y reduce el riesgo de que un sesgo individual se imponga. Esto no amenaza el liderazgo: la decisión final sigue siendo ejecutiva. Pero la calidad de la decisión mejora significativamente cuando es desafiada y enriquecida por un proceso deliberativo más amplio.

La segunda estrategia es anclar las decisiones en datos objetivos y contrastables. En el mundo de las PyMEs, donde muchas decisiones se toman con base en experiencia acumulada o intuición del fundador, incorporar sistemáticamente análisis de mercado, indicadores financieros, métricas operativas y retroalimentación de clientes es un cambio cultural profundo. Obliga al Sistema 2 —el pensamiento analítico y deliberado, en la clasificación propuesta por Kahneman y Tversky— a intervenir. La evidencia no elimina el sesgo, pero lo expone: obliga a preguntarnos si nuestras creencias resisten el contraste con los hechos o si son solo narrativas internas.

El desafío, por supuesto, es que muchas PyMEs carecen de estructuras formales de inteligencia de mercado o de analítica avanzada. Pero incluso en entornos con recursos limitados, el hábito de fundamentar las decisiones en datos disponibles —aunque sean básicos— cambia radicalmente la calidad de la gestión. Lo importante no es la sofisticación del análisis, sino la disciplina de no decidir a ciegas.

Liderar con humildad cognitiva

Reconocer la existencia de sesgos no es un gesto de debilidad intelectual, sino un acto de lucidez estratégica. Implica entender que ninguna decisión —por extensa que sea la experiencia de la persona que la toma— está libre de desvíos. El liderazgo en definitiva no puede consistir en tener siempre la razón, sino en crear condiciones donde la razón tenga más posibilidades de surgir.

Para las PyMEs, este desafío es doble. Por un lado, porque sus estructuras pequeñas y verticales concentran poder y reducen la diversidad cognitiva. Por otro, porque sus márgenes de error suelen ser menores: una decisión sesgada puede tener consecuencias más graves que en una gran corporación. Justamente por eso, cultivar procesos deliberativos amplios, valorar el disenso, institucionalizar el uso de datos y, sobre todo, mantener una actitud de humildad cognitiva no son lujos metodológicos: son condiciones de supervivencia y crecimiento.

Las empresas que lo entienden construyen organizaciones más lúcidas, capaces de anticipar el cambio, adaptarse al entorno y aprovechar oportunidades que otros ni siquiera ven. Las que no, quedan atrapadas en su propio relato, defendiendo certezas que ya no existen.

Las PyMEs —todas las organizaciones— que se animan a desconfiar de sus intuiciones, sus hábitos y sus certezas, terminan confiando más en su capacidad de decidir bien. No se trata de eliminar los sesgos, sino en aprender a pensar a pesar de ellos.

En un mundo cambiante y en el que la complejidad supera con creces nuestra capacidad individual de comprenderla, el mayor riesgo no es equivocarse, sino creer que no podemos hacerlo. Las organizaciones que se atreven a cuestionar sus propias convicciones, que abren sus decisiones al escrutinio y que dejan que los hechos —no los prejuicios— las guíen, son las que convierten la lucidez en ventaja competitiva.

Y para una PyME —para cualquier organización—, la lucidez puede marcar la diferencia entre sobrevivir a los tiempos —en el mejor de los casos— o liderarlos.

© 2025 by Juan Xavier Gruss. Licensed under CC BY-NC-ND 4.0.

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